(Francisco Herrera, dirigente cafetero de Apía, Risaralda) [1].
Colombia, por más de un siglo, ha sido sinónimo de excelente café en todo el mundo. Pero su café también esconde una amarga historia de violencia y de miseria; desde los tiempos de la “Violencia” el eje cafetero y otras zonas productoras de café como el Viotá en Cundinamarca o Tolima, fueron duramente golpeadas debido a la presión por la tierra. En las últimas décadas, de la mano de la destrucción de la economía campesina, por las armas de la violencia oficial y paraoficial así como del aperturismo neoliberal, los pequeños y medianos cafeteros se han sumido en una situación miserable. Esta situación ha sido exacerbada por el abandono del sector campesino, mientras el Estado firma Tratados de Libre Comercio que arruinan al agro y beneficia a manos llenas con toda clase de beneficios y aportes a los agroindustriales, a los grandes terratenientes y a las empresas minero-extractivas multinacionales.


