sábado, 14 de septiembre de 2013

Europa Indígena: “Ser nativo es asunto del corazón, no del color de tu piel. Es aceptar caminar con la tierra, no sólo sobre ella.”


“Ser nativo es asunto del corazón, no del color de tu piel. Es aceptar caminar con la tierra, no sólo sobre ella.”

Hubo un tiempo en el que la cosmovisión de las primeras culturas europeas en nada se diferenciaba de la del resto de pueblos indígenas de nuestro planeta. Durante un inmenso periodo de más de 35.000 años (del Paleolítico al Neolítico) y según las evidencias del arte simbólico prehistórico y las mitologías arcaicas, una misma cosmovisión en torno a la figura de la Gran Madre Naturaleza fue compartida en todo el continente euroasiático: desde el Cantábrico hasta Siberia, llegando hasta Oriente Próximo y el Valle del Indo.

Esta visión de la naturaleza como una Gran Madre era ya plasmada en el arte prehistórico hace nada menos que 40.000 años (Venus de Hohle Fels) y sobrevivió como figura central de la mitología Europea hasta hace unos 5.000 años, cuando los primeros pueblos militarizados comenzaron a imponer una nueva forma de concebir el mundo que se prolonga hasta nuestros días.

Existen suficientes evidencias arqueológicas, mitológicas y antropológicas para asegurar sin miedo a equivocarse que en aquel tiempo los europeos entendían a la naturaleza como sagrada y que las primeras sociedades humanas estuvieron basadas en la fraternidad y el apoyo mutuo, según muestra, entre otros, el extraordinario trabajo de la arqueóloga Marija Gimbutas.

Europa Indígena nace pues, con el objeto de recuperar la memoria robada de nuestro continente, aquella que nos permita re-conectarnos con las verdaderas raíces del árbol de nuestros antepasados y derrumbar de este modo, los falsos mitos en los que se sustenta la llamada Civilización Occidental.

1ª PARTE: El Paleolítico y la naturaleza humana arcaica

La primera parte de Europa Indígena es un acercamiento a la cosmovisión de las culturas humanas del Paleolítico Superior a través de las diversas evidencias arqueológicas, etnográficas o antropológicas que han llegado hasta nuestros días. Cada una de las 78 páginas que la componen está formada por una diapositiva y un texto, permitiendo a través de la sección descargas una diversidad de opciones para su lectura: bien ser leída por ordenador sin necesidad de estar conectado a Internet, bien ser impresa y leída en papel, o bien descargarse el archivo de diapositivas y poder visualizarlas con un proyector. Esta última opción esta concebida con el objetivo de poder realizar proyecciones en grupo y que el texto de cada diapositiva sirva de apoyo para su comentario.

En cuanto a la temática, encontrarás tres partes principales: una breve introducción a la cosmovisión indígena; un acercamiento al mito de la Diosa Madre Paleolítica como personificación del principio femenino de la naturaleza; y una aproximación al mito del Dios Astado como imagen arquetípica del principio masculino. Los contenidos de estos tres apartados principales no se centran exclusivamente en las culturas paleolíticas del continente euroasiático, también hay numerosas referencias a culturas de otras latitudes y de tiempos históricos distintos, pues la etnografía comparada ofrece pistas valiosísimas para desenmarañar el enredado ovillo de la prehistoria. Además, en muchas secciones de esta obra, se profundiza en diferentes aspectos de la naturaleza humana arcaica. Así por ejemplo, para entender el mito de la Diosa Madre, se hace necesario comprender en profundidad el papel de la maternidad y la sexualidad femenina; y para entender el mito de Dios Astado, es necesario comprender el fenómeno del chamanismo y su relación con los animales, la caza y los ritos de fertilidad.


2ª PARTE: De la matrística a los Imperios patriarcales
La segunda parte de Europa Indígena es un recorrido por las primeras culturas del neolítico europeo y por las culturas patriarcales de la Edad del bronce que las suplantaron. Está compuesta por 115 páginas que están estructuradas en formato libro con numerosas imágenes y fotografías. Al igual que la primera parte, puede ser visualizada on line o ser descargada íntegramente en formado pdf para facilitar su impresión en papel si así se desea.

Un breve resumen de su contenido podría ser este:

Según muestran las evidencias arqueológicas, las primeras culturas del neolítico europeo a pesar de formar poblaciones de miles de habitantes y estar asentadas en sitios vulnerables como las vegas de los ríos, carecían de muros defensivos. Es más, no existen rastros de guerras ni invasiones durante periodos que superan los dos mil años y aunque conocían la metalurgia no la aplicaban para fabricar armas. Además en su arte colorido y naturalista, no se ha encontrado absolutamente ningún motivo militar. Todos estos indicios permiten suponer el carácter pacifico de aquellos primeros europeos.

En aquellas primeras ciudades, algunas de hasta 20.000 habitantes y de las que nada dicen nuestros libros de historia, no hay indicios de jerarquización ni de castas sociales, pues en los yacimientos se ha constatado una uniformidad en las construcciones de las casas sin destacar unas sobre otras. Tampoco hay indicios de jerarquización en los enterramientos, pues no se ha encontrado ningún ajuar más suntuoso que otro, teniendo además idéntica importancia el del hombre y el de la mujer. Este último dato también es un indicio de una aparente igualdad entre los sexos que la arqueóloga Marija Gimbutas denominó Gylanía y que según ella tuvo como consecuencia una sociedad pacifica e igualitaria en la que floreció el arte y la arquitectura.

El ocaso de las culturas de la “Vieja Europa” puede determinarse cronológicamente con bastante exactitud gracias a los estratos arqueológicos de los yacimientos. A partir del 4.000 a.c y durante una transición de más de tres mil años, comienzan a aparecer en algunos asentamientos por primera vez los muros defensivos y las casas quemadas, o lo que es lo mismo, los rastros de guerras e invasiones. Además, desaparece el arte colorido y naturalista y se sustituye por otro en el que predominan las figuras de guerreros y batallas. Este periodo histórico es conocido por los historiadores con el nombre de “invasiones indoeuropeas”.

La organización social de estos pueblos era la antitesis de las culturas indígenas europeas. En vez de agricultores sedentarios, eran pastores semi-nómadas que vivían en pequeños poblados de temporada. Estaban organizados por un sistema de jefatura patriarcal y adoraban a dioses guerreros masculinos. El hacha, el puñal y la espada constituían los símbolos del poder divino. Domesticaron el caballo y aprendieron la metalurgia del bronce, aplicando por primera vez los metales y los animales para la guerra.

La cultura indoeuropea creo nuevas explicaciones míticas para justificar la destrucción del viejo mundo sobre el que se imponían. Neutralizaban y falseaban los mitos originales adjudicando un nuevo papel predominante a lo masculino. Así, la “Diosa madre naturaleza” que albergaba en su seno a todos los seres vivos, fue sustituida por “Dioses-padre” que legitimaban el uso de la Guerra amparándose en directrices divinas. A partir de entonces la naturaleza fue concebida como algo externo al ser humano que había sido puesta por el “creador” para ser dominada y modificada, creando de este modo los arquetipos mentales antropocéntricos en los que aún hoy se sustenta la civilización occidental.

Fuente: www.europaindigena.com

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