viernes, 30 de diciembre de 2011

Nucleocracia: Ciencia y Técnica sin Conciencia


Información publicada en la página 8
de la sección de Opinión de la
edición impresa del día 27 de
abril de 2011
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Ciencia y Técnica sin Conciencia

La generación de electricidad nuclear, tal como se ha desarrollado hasta hoy, es un ejemplo clásico del mal uso de la ciencia y la tecnología por parte de algunos humanos, y no ha hecho otra cosa que agravar la profunda crisis ecológica en la que el productivismo nos fue metiendo durante el siglo XX.

Si bien los seres humanos hemos tenido que convivir, desde que aparecimos en la Tierra, con determinados niveles de radiactividad ambiental (rayos cósmicos, potasio-40, carbono-14), lo que ha ocasionado y ocasiona bastantes trastornos de la salud, con el advenimiento de la era nuclear se abrió la puerta al envenenamiento radiactivo de la biosfera y de los ecosistemas y seres vivos que aloja, una práctica muy poco responsable de la ciencia y la técnica.

Por si no hubo bastante con las explosiones nucleares en Álamo Gordo, Hiroshima y Nagasaki, las potencias nucleares se embarcaron en una carrera por la que han explosionado más de 2.000 bombas atómicas (una cuarta parte en la atmósfera; el resto, subterráneas), iniciando el proceso de envenenamiento radiactivo de la biosfera. Aún hoy se puede medir la radiactividad liberada y las consecuencias de todo ello todavía se constatan. Para camuflar ese despropósito nació el programa Átomos para la Paz, que no fue otra cosa que un programa de fomento de la tecnología nuclear aplicada a la generación de electricidad.


Ya lo dijo de forma muy clara David Lilienthal,primer presidente de la nefasta Comisión de Energía Atómica norteamericana, cuando escribió: «Estábamos decididos a probar que aquel descubrimiento no era solo un arma, aquella terrible arma tenía que tener alguna otra aplicación (...). Las ilusiones sobre el átomo pacífico se exageraron. Básicamente, el motivo era la convicción, que yo compartía completamente e intentaba inculcar a los otros, de que el descubrimiento de un arma tan terrible tenía que tener, de un modo u otro, una aplicación pacífica importante». Y la encontraron en un subproducto de la tecnología nuclear: el calor generado en el proceso de fisión, calor que, aplicado sobre el agua, la transforma en vapor que acciona un ciclo convencional para la producción de electricidad. Y la emplearon, primero, para propulsar submarinos militares. Y, a continuación, con la experiencia de los modelos de reactores dedicados a la fabricación de plutonio y de los submarinos, desarrollaron reactores que, además de crear plutonio (para la fabricación de armamento atómico), hacen hervir agua (para accionar una turbina, que hace girar un alternador) y son los que hoy existen en el mundo.

Y si no FUE suficiente con el accidente nuclear de Three Miles Island (pérdida de refrigeración en un reactor moderado con agua, de tecnología americana PWR) y la catástrofe de Chernóbil, de la que ayer se cumplieron 25 años (pérdida de confinamiento del núcleo de un reactor moderado con grafito, de tecnología soviética RBMK), la carencia de responsabilidad social de los científicos y técnicos nucleares (y la más completa falta de ética), combinada con la prepotencia y codicia de algunos políticos, nos ha traído hoy la gran catástrofe de Fukushima, donde tres reactores han perdido el confinamiento, liberando así enormes cantidades de productos radiactivos que contribuyen todavía más al envenenamiento de la biosfera.

Hoy, con la triple catástrofe nuclear de Fukushima, volvemos a constatar que la probabilidad de que ocurran accidentes en el mundo es de un accidente grave por cada 2.000 reactores-año (y no de uno por cada 20.000 o 10.000 reactores-año como la nucleocracia nos quiso hacer creer). La realidad nos dice, pues, que con el parque nuclear actual puede ocurrir un accidente grave cada cuatro o cinco años.

No han faltado en nuestro país las voces que han minimizado la gravedad de la catástrofe afirmando que no era tan grave o que la radiactividad no tenía efecto sobre nosotros. Lo que no dicen (o esconden) todos los propagandistas de lo nuclear es que un reactor nuclear, después de un año de funcionamiento, contiene en su núcleo una cantidad de materiales radiactivos equivalente a los que se producen en una explosión de una bomba atómica de 25 megatones, o lo que es lo mismo, de una potencia casi igual a 1.000 bombas como la de Hiroshima. La pérdida de contención de esos materiales (sea por la fusión del combustible y/o la rotura de la vasija del reactor, sea por la rotura de las vainas del combustible gastado y almacenado en las piscinas) tiene y tendrá consecuencias en todas partes (hoy ya se mide en varios lugares del planeta).

los humanos tendríamos que preguntarnos si para hervir agua necesitamos fisionar núcleos de átomos de uranio 235 y plutonio 239 ¿No sabemos hacer hervir agua de forma menos peligrosa y contaminante? Hoy sabemos generar electricidad de forma mucho más elegante e infinitamente menos peligrosa: captando la radiación del sol y la fuerza del agua y del viento. Hagamos que la nuclear pase al baúl de la historia como lo que ha sido: un estrepitoso fracaso tecnológico. Profesor de Energía de la UAB.

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